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EL PENDEJO INTERIOR

Es común pensar que cambiando las condiciones externas nos vamos a sentir mejor. Es por esto que cambiamos pareja, cambiamos trabajo, nos mudamos de una ciudad a la otra o de un continente al otro. Pero, a dondequiera que vayamos después de un rato, hay algo que no funciona: la vieja miseria está otra vez allí. Esto depende simplemente de lo único que no ha cambiado: tú.

El mismo pendejo que estaba con María Elena ahora esta con Claudia, el mismo pendejo que trabajaba en un banco ahora tiene una fabrica de zapatos, el mismo pendejo que vivía en Tapachula ahora vive en Berlín… Cambiar es seguramente útil, no tanto porque adquieras nuevas experiencias y nuevas ideas, sino porque es mas fácil que, tarde o temprano, te des cuenta que el origen de tu miseria está dentro y no fuera de ti. 

Mi vida ha cambiado cuando me liberé del pendejo que vivía dentro de mi y que accionaba los botones del centro de mando de mi mente. Me ha costado muchos kilómetros, pero hay siempre un momento en que te encuentras solo contigo mismo y tienes la revelación. La meditación, después, como una gota que cada día escarba la roca, ha disuelto las incrustaciones de mi pasado, del pasado de mis padres, de las ideas heredadas,  de los patrones nacionales y religiosos, de los juicios y prejuicios, de los miedos e inseguridades, de las expectativas mías y de los demás… para dejarme cada día más inocente, más abierto, más sensible…. más libre.

Hay una historia que cuenta que Buda, antes de iluminarse, se llamaba Poncho; y no vivía en la India, sino en la Colonia San Rafael de la Ciudad de México, con su esposa Consuelo y sus cuatros hijas: Refugio, Amparo, Soledad y Dolores. Había elegido estos nombres para castigarlas por no haber nacido varones, y había jurado que si al quinto embarazo le hubiera salido otra mujer, la habría llamado Tormento.

Un día, Poncho, mientras su esposa Consuelo estaba regañando a Amparo por no ser el Refugio de los Dolores de Soledad, lanzó su voz encima de los gritos y dijo:

– Chelo, voy un momento al Oxxo a comprar una chela.

Pasó una hora y Poncho no había regresado. Pasaron dos horas, un día,  dos días, un mes, un año, dos años, tres años…

Después  de doce años, una mañana, mientras Consuelo regañaba a Refugio por dar Dolores a la Soledad de Amparo, se escuchó el timbre sonar con tono alegre, y ladrando a Soledad que era Amparo el Refugio de Dolores y no Dolores el Amparo de Refugio, abrió la puerta.

Al principió no lo reconoció. Le parecía familiar… ¿Quién era este güey raro con la bata naranja, las chanclas y una chela en la mano? Oh ¡Dios!!! ¡No! ¡Era Poncho disfrazado de hindú!

– Hijo de tu pinche madre!… – Empezó a gritar, mientras Refugio lloraba de Dolores por la Soledad de Amparo.

Consuelo gritó cuarenta minutos de improperios tan coloridos que ni siquiera el cronista más osado se atrevería jamás a referir. Poncho se quedó allí, escuchándola con paciencia. 

Esta era una cosa nueva. Poncho no era del  tipo que tolera ofensas de este tamaño. El había sido siempre un macho de sangre caliente. Chelo se recordaba bien todas aquellas veces que Amparo tenía que dar Refugio a Soledad por sus Dolores sin Consuelo, cuando el padre se despertaba de malas de su siesta vespertina y maltrataba a toda la familia.

– ¿Qué pedo, Poncho? No te reconozco, ¿por qué no me has todavía agarrado a patadas o jalado por el pelo o dado un puñetazo… o al menos amenazado de muerte?

– La verdad… es que no me llamo más Poncho.

– ¿Qué significa eso ?

– Me cambié de nombre.

– ¿Y como te llamas ahora?

– Buda.

– ¡¿Buda?! Tu buda madre! hijo de tu chin… – Siguieron otros cuarenta minutos de injurias apasionadas y articuladas imperaciones, pero al final, mientras los Dolores de Refugio daban Consuelo a la Soledad de Amparo, tuvo que detenerse otra vez. Poncho se quedaba imperturbable. Parecía imposible sacarlo de sus casillas. No había forma de engancharlo otra vez en esas hermosas peleas en las cuales destruían toda la casa,  los vecinos ofrecían Refugio, la policía daba Amparo, nadie tenia Consuelo, todos sentían  Dolores y lo único que quedaba era una gran Soledad.

– ¡Chale Chelo!… yo te entiendo. Tienes toda la razón de estar encabronada, pero el hombre con el cual estás enojada no existe más.

– ¿Qué quieres decir? ¡No te hagas, pendejo!

– ¡Justo ese es el punto! Tú estás enojada con el pendejo que vivía dentro de mí. Pero, ahora, ese pendejo no existe más.

Consuelo miro bien a los ojos de su esposo. Era increíble: allí no podía encontrar más la antigua prepotencia, la estúpida arrogancia, la mentira, la cobardía de hace un tiempo. Un silencio raro se apoderó de ella… por un momento incluso hasta las hermanas pararon de pelear…

– Me fregaste ¡hijo… de tu pinche madre! – se rindió Consuelo – Pero al menos dime una cosa: ¿Era propiamente necesario irte a dar la vuelta por todo el mundo para sacar de ti al pendejo que tenías dentro? ¿No podías correrlo estando aquí en esta casa, conmigo y nuestras hijas?

– ¡Claro que habría podido! mi amor. Pero para darme cuenta que había un pendejo que vivía dentro de mi, tuve que viajar miles y miles de kilómetros. 

– Está bien ¡Pinche Poncho!… o mejor: ¡Pinche Buda! Abre esta pinche chela, dame un pinche trago y enséñame como chingados le hago para sacar esta pinche pendeja que vive dentro de mí.

 Viajar, cambiar, es seguramente útil, pero no es la solución.