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EL VALOR DE AMAR

En este día quiero regalarles un extracto de mi libro Tantra y Salchicha donde hablo del éxtasis orgásmico. Cómo éste se realiza solo cuando los amantes son sumergidos en la magia del amor. Felicidades a todos.
La cualidad sin la cual el amor es imposible, no es la bondad sino el valor.

Quien se queda aniquilado por el miedo a exponerse, tomar riesgos, perderse, ser traicionado o perder el control, no puede aspirar a la dimensión que abre las puertas del paraíso, sino que se tendrá que contentar con quedarse afuera de aquella puerta, entre los que traman políticas solapadas para tratar de entrar sin pagar, o traficando boletos falsos, o confundiéndose entre los curiosos que nunca se atreverían a tomar algún riesgo en su vida, o entre quienes aprovechan la muchedumbre para robar una cartera y vender bocadillos. Quien piensa que “dios” abarata su gloria a cambio de buenas acciones o por haber seguido sus mandamientos, se equivoca. Para realizar a “dios” no se necesita obediencia, se necesita valor.

Para encontrar a “dios” en el extasis orgásmico de dos personas que se aman no se necesita bondad, se necesita valor. El valor de un Jesús. (..) Para estar frente a tu amada o amado, completamente abierto, vulnerable y receptivo a los caprichos del divino, se necesita tener valor. El valor de amar. El valor de amar a una María Magdalena, el valor de amar a tus amigos aun si son ladrones y borrachos. Las cumbres del éxtasis son reservadas sólo para los que tienen el valor de arriesgarse a entrar en el territorio del Amor de forma incondicional. Para los demás no hay otra alternativa sino la de una sexualidad animal… a lo mejor de animales domésticos, pero animales.

Para que el hombre pueda tener acceso al honor de guiar a la mujer en las notas del éxtasis y escuchar la música de su estremecimiento orgásmico, tiene que merecerse el premio metiéndose totalmente en juego, sin reservas, sin inseguridades; ofreciendo su pecho vulnerable a los dardos del amor, sin escudos y sin cobardes escapes. Quedándote detenido, presente y receptivo, participando pero sin dejarte arrastrar por el huracán femenino que aúlla y te invade. Es así que un hombre conquista el derecho de alcanzar con su biga de triunfador aquellas puertas que se abrirán de par en par a su llegada, y mojado de lágrimas y de conmoción podrá entrar en el paraíso, ensordecido por las trompetas de los arcángeles en delirio de alegría. Se necesita valor, el valor de amar. Y la mujer, para transformarse en la tierra fértil donde Dios canta su canción, tocando todas las teclas de aquel cuerpo que la naturaleza quiso como un instrumento perfecto de su orgásmica expresión, debe tener el valor de abrirse completamente, desafiar la vergüenza y el miedo, arriesgarse una vez más a morir y amar a aquel hombre medio bruto y medio niño, para transformarlo en un angelical guerrero, capaz de levantarla con sus alas hasta los picos inalcanzables de su feminidad. Es ahí que una mujer, mutando su legado de madre por el de amante y transformando su grito de dolor en un ensordecedor alarido de placer, con su corazón crea una y otra vez todo el universo. Se necesita valor, el valor de amar.