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¡Me Vale Madres! Reloaded

ME VALE MADRES

Mantras Mexicanos para la Liberación del Espíritu

 

INTRODUCCIÓN

En mi vida de artista, todas las veces que me han preguntado sobre el significado de mis obras, siempre he respondido: “No tengo la menor idea”. No es tarea del artista saber lo que hace. El artista es simplemente un canal a través del cual la existencia se manifiesta en forma impredecible, incluso para el mismo artista. Entender cuál es el significado de la obra es más una tarea del público o, aún más, de la crítica. El artista es como un niño que juega, y de hecho el criterio que uso para ver si lo que estoy creando es bueno o no, consiste en preguntarme: “¿Me estoy divirtiendo en hacerlo?” Si la respuesta es sí, no tengo dudas y continúo.

Entonces, también en el caso de este libro el argumento es válido, pero sólo en parte. Por un lado, escribirlo ha sido simplemente la expresión de mi alegría y del gusto que tengo por la narración, la broma, la paradoja y el irresistible placer que encuentro en provocar. Por el otro, responde al propósito de ofrecer unos elementos de reflexión sobre la condición humana y de abrir una ventana sobre el panorama de los conceptos que están en la base de la meditación.

De hecho, al escribir este libro mis dos almas se juntaron: el artista y el maestro de meditación. Era inevitable que, al dedicar tantos años a conducir gente en mis talleres de terapia-meditación, coleccionara modos divertidos de explicar lo que generalmente se presenta como una materia seria, porque es típico de mi índole ver el lado cómico de todas las cosas… de casi todas.

Además, me encuentro viviendo en México, que es un país muy simpático, alivianado, abierto en el corazón, con un idioma muy, muy divertido y ocurrente, el cual tuve la fortuna de aprender en la calle y no en la escuela. Tomar expresiones típicas de este idioma y de este carácter mexicano, que simpatiza a todo el mundo, y transformarlas en mantras ha sido inevitable.

Espero che los ancestros de la cultura méxicana, que mezcla lo hispánico con lo prehispánico, me perdonarán de haberme apropiado de un pedacito del alma de este país, y espero que ustedes puedan disfrutar en leer lo que yo disfruté tanto en escribir.

Cuando el primer día de noviembre, en una cafetería de Los Cabos, abrí un file titulándolo Mantras Mexicanos, no podía imaginar que las que al principio tenían que ser unas pocas paginas de chistes se iba a volver un libro de 400 paginas que ha vendido, hasta la fecha, mas de 150.000 copias.

Juntar expresiones típicas del argot mexicano con el concepto de “mantra” ha sido indudablemente una idea ganadora que vino casi automáticamente. Dando conferencias y talleres ¿qué forma más contundente podía encontrar si no la de explicar el desapego de las ideas preconcebida, a través del mantra “Me Vale Madres”? Y para hablar de la catarsis que uso en mis talleres para liberarnos de la carga emocional del pasado ¿hay de casualidad algo mejor del mantra mexicano del la purificación “A La Chingada”? ¡Sin hablar de cuanto oportunamente el mantra mexicano del poder “A Huevo” expresa la necesitad de la disciplina! Y como agradecer al pueblo mexicano por haber regalado al mundo la mas poética de las expresiones para identificar el mantra de la desidentificación “No Es Mi Pedo”?

Me Vale Madres es un recorrido que entre una broma indica un camino, inspira, provoca, mueve el tapete y escandaliza.

 

Lee un capitulo de Me Vale Madres:

Capítulo: Un Koan Zen

Un Koan Zen

 

Por lo general, cuando te haces la pregunta: “¿Quién soy yo?”, empiezas a buscar algo con la idea de que un día dirás: “¡Ándale! ¡Por fin lo encontré! ¡Esto soy yo!”, para finalmente organizar una fiesta con amigos y parientes para celebrar el éxito final de tu viaje espiritual y tu consecuente iluminación.

Lamentablemente, las cosas no son así de sencillas. La celebración no acaba de empezar cuando cualquiera puede llegar con un argumento que arruinará la fiesta. El argumento es: si tú dices que “esto” eres tú, ¿quién es el güey dentro de ti que está diciendo que “esto” eres tú? Si tú dices: “Yo soy el azul”, significa que él que está diciendo que eres el azul es alguien diferente del azul, porque si no, ¿cómo podría ver el azul y decir: “Yo soy esto”?

Éste es un argumento suficiente para helar la sonrisa hasta del anfitrión más optimista. Por lo tanto, la fiesta termina en un tono menor, y mientras empiezas a recoger vasos de plástico, bocadillos medio mordidos y a patear unos globos inútiles, saludando a los últimos amigos, te encuentras preguntándote: “Y entonces, ¿quién chingados soy yo?”. Por lo tanto, empiezas a preguntarte, rascándote la cabeza: “¿Quién es entonces este pinche güey dentro de mí que pensaba que era el azul… y que además me convenció de organizar esta estúpida fiesta?”. Es obvio que este “pinche güey” tiene que ser justamente tú.

Entonces te encuentras, punto y aparte, con la misma maldita pregunta: “¿Quién chingaos soy yo?”.

Y un bonito día, con la ayuda de oraciones y bendiciones, pacientemente encuentras quién era este pinche güey que sostenía ser el “azul”, y declaras triunfalmente: “¡Finalmente sé quién soy! ¡Yo soy el rojo! ¡El rojo que pensaba ser el azul!”.

No se necesita organizar otra fiesta para entender que te arriesgas a que otro pinche aguafiestas se te acerque para hacerte la misma pregunta aguafiestas:

—¿Quién es este güey que dice ser el “rojo” y que pensaba ser el “azul”?

 

Si no eres muy inteligente, corres el riesgo de organizar muchas fiestas con un final amargo; pero si eres inteligente, te detendrás de inmediato, porque te darás cuenta de que es un mecanismo en cadena que no te llevará a ningún lugar.

Entonces: ¿qué hacer? Parece un problema sin solución, y de hecho, en un sentido, lo es. La pregunta: “¿Quién soy yo?” es un Koan, que no tiene una respuesta. Y para quien no tenga claro que cosa es un Koan Zen, citaré textualmente un preciosísimo discurso que Pancho López ofreció a un grupo de holgazanes, cuando el sol estaba en su hora pico, sentado en una pila de llantas de camión en el bellísimo y polvoriento patio de un deshuesadero de un amigo suyo, contando su experiencia de la práctica del Koan Zen “El ganso está fuera”:

— El Koan Zen es una de las tantas maneras con las cuales un maestro espiritual se divierte en torturar a sus discípulos. ¿Qué hace este hijo de la chingada? Te plantea una pregunta a la cual te parece que puedes contestar, pero que en realidad no puedes, ¡y te deja allí hasta 20 años para devanarte el cerebro buscando una respuesta que no existe! ¡Putísima madre! En este caso, por ejemplo, ¿qué hace él? Mira la perfidia de este cabrón: él va por un gansito inocente, chiquito, chiquito, que está todo feliz, por su cuenta, en el corral, jugando con sus primos al “gallito” (un juego de moda entre los pollos jóvenes), y atrayéndolo hacia sí, ofreciéndole estos famosos dulcecitos que nunca se tendrían que aceptar, lo agarra en la pendeja y lo ensarta a traición en una botella. Después, pacientemente, cada día le da de comer al gansito, y cuando el gansito está bien gordito, viene y pretende que le saques al gansito de la botella, sin romper la botella ni matar al gansito. ¡¡¡Yo mataría al maestro!!! Veinte años me hizo pasar este hijo de su chingada madre tras el pinche gansito ¡Me vale madres el ganso! ¡Me lo comería al pinche ganso, con todo y la botella y el maestro incluido! ¡¿A mí qué chingados me importa el pinche ganso?! Y ahora el ganso está gordo, el maestro está más gordo que el ganso ¡y yo estoy más flaco que el cuello de la botella!

Está claro que el sol abrasador de aquel día memorable confirió un pathos muy especial a este histórico sermón, conocido como “el sermón del deshuesadero”. Entre el polvo y los relumbres del sol sobre la chatarra retorcida, nuestro maestro recordó las penas y los dolores de sus prácticas espirituales, aunque el extremo calor y el humo de las llantas quemadas le hicieron olvidar por completo la magnitud de la comprensión que le regaló la experiencia de esta bellísimo Koan Zen.

La práctica de un Koan Zen no sirve para encontrar una respuesta, sino para cansarte de buscarla. La mente trabajará durísimo para buscar la respuesta, porque la mente está hecha para eso, y cuando está hasta el tope, se quiebra y te deja finalmente libre de su tiranía, restituyéndote la inocencia necesaria para ver las cosas tal cual son en su sencillez.

Como ya vimos, la mente es un instrumento fantástico para arreglar la secadora, hacer un plan de negocios o resolver crucigramas; sin embargo, es un fracaso para lidiar con el misterio de la vida. La mente simplemente no es la herramienta correcta.

—Buscar a Dios con la mente es como tratar de comerse una sopa con el tenedor —nos explica Pancho López.

No es el instrumento adecuado: tenemos que resignarnos.

La mente se adapta para lidiar con lo que conoce, pero es impotente para relacionarse con el misterio. El intelecto es el instrumento para explorar el mundo conocido, aunque para explorar el mundo de lo desconocido el instrumento correcto es la intuición, no la mente.

Desde el punto de vista existencial, nosotros somos simplemente un misterio sumergido en otro gran misterio. Es imposible definir a un ser humano, así como es imposible definir el universo.

Obviamente, dado que la única cosa que conocemos y en la cual ponemos toda nuestra seguridad es la mente, cuando llegamos a esta conclusión nos sentimos perdidos. La mente enloquece cuando no puede definir algo, al punto de que está dispuesta a inventarse cualquier chorrada con tal de no quedarse sin respuesta.

 

La mente no puede entender que las cosas relevantes de la existencia pertenecen al misterio y son indefinibles. El amor pertenece al misterio, la creatividad pertenece al misterio, Dios pertenece al misterio y tú perteneces al misterio. Pero la mente continúa proponiéndonos teorías y argumentos, a veces ridículos, que nos desvían de la simple realización de lo que está frente a los ojos de todos, que no tiene nombre ni forma, pero que vibra en el corazón de cualquier ser humano. La mente no se rinde. La mente pretende siempre poner las cosas en claro; se desespera por entender las cosas y clasificarlas, definirlas y etiquetarlas. Y no nos damos cuenta de que, aun si esta actitud es sacrosanta en el ámbito de la ciencia, resulta injustificable en el ámbito de la religión. No entendemos que, si pudiéramos entender, calificar, catalogar y etiquetar una cosa como el amor, ya lo habríamos matado. No entendemos que no podemos entender, clasificar, catalogar ni etiquetar a Dios, para luego ponerlo en la arrogante repisa de nuestros conocimientos, ¡porque así lo mataríamos! Y en realidad es lo que hicimos: lo matamos. Friedrich Nietzsche tenía toda la razón: “¡Dios ha muerto!”. Lo matamos nosotros, encajándolo entre teorías y dogmas. Lo matamos por la cobardía de no tener el valor de salir al descubierto, fuera de la obtusa fortificación de nuestra mente, para decir: “No sé”.

 

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