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PEDOFILIA E IGLESIA CATÓLICA

El resultado final de la Comisión de Encuestas sobre la Pedofilia en Australia ha concluido que son docenas de miles los niños abusados por los sacerdotes entre el 1950 y el 2010. Sesenta mil tendrán derecho a indemnización. El jefe de gobierno australiano Malcolm Turnbull lo ha definido como una catástrofe nacional. Se considera que el 7% de los prelados se han manchado con este crimen, y en una diócesis hasta el 15%. Por más que sus fieles se obstinen a cerrar los ojos, es evidente que la iglesia católica está infestada de pedófilos. Son de sobra conocidos los casos en los Estados Unidos (solo la arquidiócesis de Los Ángeles tuvo que desembolsar 660 millones de dólares para resarcir a las víctimas) denunciados hasta en el interior del Vaticano.
La pedofilia es seguramente la perversión más asquerosa y abyecta que se pueda imaginar, pero cuando viene perpetrada por quienes les entregamos nuestros hijos con confianza, genera en todos ira y furor.
Si alguien quiere creer en un Dios con la barba blanca o en cualquier otra fantasía es libre de hacerlo, pero nada impone a los adeptos a la religión católica de respetar una iglesia hipócrita y criminal, que ha defendido y todavía en la mayoría de los países cubre a los autores de estos insoportables crímenes en contra de los niños. Las religiones sexo-fóbicas crean monstruos. ¡Es tan evidente! Y me sorprende que las familias manden todavía a sus hijos en instituciones que, por pura estadística, hospedan la mayor concentración de desviados sexuales. Es increíble que todavía los gobiernos entreguen huérfanos y niños abandonados en las manos de organizaciones de hombres y mujeres solteros que ya a lo largo de la historia han manifestado tener entre sus componentes una preocupante concentración de pervertidos.

Aquí no se trata más de creer o no creer en Dios, aquí se trata de tener o no tener respeto en las instituciones que se jactan de representarlo. Y la iglesia católica, entre pedofilia, guerras, tortura, Santa Inquisición, política y corrupción, a lo largo de los siglos ha demostrado ampliamente no ser en lo absoluto digna de conducir el rebaño de su hipotético Señor.

Todos aspiramos a un mundo mejor, pero ¿cómo podemos imaginar de crearlo si continuamos educando nuestros hijos con ideas antiguas de miles de años, propagadas por instituciones de comprobada ignominia moral?
La humanidad merece una nueva espiritualidad, libre de creencias medievales, dogmas arbitrarios y, más que todo, independiente de instituciones religiosas que a lo largo del tiempo se han preocupado de limitar la libertad, la individualidad y la autonomía de juicio. La humanidad necesita una espiritualidad nueva, en la cual la brújula no sean las supersticiones y libros viejos y obsoletos, sino la simple consciencia e inteligencia de cada ser humano. La única y verdadera religión tendría únicamente que ofrecer las técnicas y el entendimiento para encontrar la inteligencia “divina” dentro sí mismo, y ayudar a cada individuo en expresarla de forma autentica, individual y creativa.