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Tantra y Salchicha

TANTRA Y SALCHICHA

La Vía Sabrosa al Sexo Sagrado

 

INTRODUCCIÓN

 

Antes que otra cosa hablemos de la Salchicha. Sé que cualquiera que escuche esta palabra asociada al asunto sexual, formula en su mente una fálica representación que se refiere exclusivamente al sexo masculino; y se también que no será sencillo quitarle esta asociación de la mente. Pero es importante meter inmediatamente en claro que en este libro he usado la palabra “Salchicha” solo para referirme al aspecto material, biológico, instintivo y esencial de la existencia; aquel aspecto de la vida que encuentra su arquetipo mas representativo en la energía sexual tanto de los hombres cuanto de las mujeres, cuando esta se expresa en su forma mas primordial: el puro, sordo, ciego e incontenible sexo, que acomuna todas las especies vivientes.

Por lo que se refiere al Tantra, no me preocupare’ en lo mas mínimo de coincidir o menos con el significado que otros le han dado, sino que lo he usado simplemente como principio opuesto a la “Salchicha”, para indicar el aspecto espiritual y místico de la vida humana. Por lo tanto, lo siento para los amantes de las tradiciones, pero no encontraran la palabra Tantra pintada de ningún color particular o adobada con parafernalia new age, sino la encontraran desnuda en su embarazosa función de representar “lo que no se puede nombrar”: “Dios”.

Pero probablemente, para dar una orientación a quien empieza a leer este libro, será mejor identificar mas precisamente el significado de estas dos palabras anticipando una explicación que se encuentra en un capitulo del libro.

 

“La Salchicha corresponde al aspecto de nuestra vida conectado a la función biológica, al programa instintivo funcional a la preservación de la vida, y a la continuación de la especie. En otras palabras al instinto de defenderse, sobrevivir y reproducirse. Además la Salchicha corresponde a nuestros sentidos, que nos permiten de hacernos percibir el placer y el dolor, y nos meten en comunicación con el mundo externo.

El Tantra es el principio opuesto a la Salchicha. El Tantra corresponde al aspecto espiritual del ser: la conciencia, el amor, la creatividad, la poesía… y todas las demás características particulares que lo distingue de los animales.

Del punto de vista de las polaridades masculina y femenina, la Salchicha represente el masculino y el Tantra lo femenino; ¡pero cuidado! no estoy hablando del sexo masculino y del sexo femenino, sino de las dos diferentes actitudes hacia la vida.

La actitud masculina, o actitud Salchicha, es primitiva, biológica, agresiva, extrovertida, móvil, material. La actitud femenina, o actitud Tantra, es receptiva, sensible, introvertida, estática, intuitiva, espiritual. El aspecto Salchicha-masculino del ser humano corresponde a su parte animal; el aspecto Tantra-femenino corresponde a su parte divina. Así como un hombre es en parte Salchicha y en parte Tantra, de la misma forma una mujer es en parte Tantra y en parte Salchicha. De hecho hay hombres que son tremendamente sensibles y femeninos, y mujeres que son totalmente Salchicha.

El aspecto Salchicha masculino está a cargo del mundo material, mientras que el aspecto Tantra femenino se ocupa del mundo espiritual. La Salchicha es la materia, el Tantra es el espíritu.

Del punto de vista moral, la Salchicha representa todo lo que generalmente por la mayoría de las religiones es considerado malo, enfermo, trivial, material, diabólico… como el sexo, justo para decir uno; mientras el Tantra representa todo lo que es considerado bueno, sano, espiritual, estético, divino… como el amor”.

 

Quiero meter además en claro que este libro no es el producto de largas horas pasadas sobre los libros, sino el resultado de una vida vivida como un experimento; y si sobre las interpretaciones de lo que se ha estudiado es posible confrontarse en mesas redondas, las experiencias que cada uno vive tienen un valor absoluto que elude cualquier discusión.

Viajes, dudas, revelaciones, desilusiones, amores, traiciones, amigos estrafalarios, experimentos psicodélicos, intentos fallidos, intuiciones geniales, momentos extáticos, periodos de desesperación, historias vividas, cuentos escuchados, soluciones brillantes, estabilidades aparentes, errores epatantes… y además las provocaciones de mi maestro de teatro Armando Pugliese que me han enseñado a “estar despierto”, la voz incesante de Osho que me ha ensenado que significa “estar despierto”, la constante practica de la meditación y las tantas amantes que me han permitido conocerme abriendo a mi su corazón y sus intimidades, me han hecho tropezar en algo que ha echo mi vida feliz y mi sexualidad completamente realizada. He escrito este libro porque he pensado que valiera la pena compartir mi experiencia con todos mis amigos. ¿Quien son mis amigos? Toda la humanidad, obviamente.

 

Lee un capítulo de Tantra y Salchicha:

Capítulo: El Riesgo del Mar

EL RIESGO DE AMAR

 

Como vimos, por culpa de una errada interpretación, el amor lo asociamos a la bondad. Ésta es una idea que, aun si no está equivocada en absoluto, despista; porque el “ser bueno” no es una condición suficiente para amar. La cualidad sin la cual el amor es imposible, no es la bondad sino el valor.

Quien se queda aniquilado por el miedo a exponerse, tomar riesgos, perderse, ser traicionado o perder el control, no puede aspirar a la dimensión que abre las puertas del paraíso, sino que se tendrá que contentar con quedarse afuera de aquella puerta, entre los que traman políticas solapadas para tratar de entrar sin pagar, o traficando boletos falsos, o confundiéndose entre los curiosos que nunca se atreverían a tomar algún riesgo en su vida, o entre quienes aprovechan la muchedumbre para robar una cartera y vender bocadillos.

Quien piensa que Dios abarata su gloria a cambio de buenas acciones o por haber seguido sus mandamientos, se equivoca. Para realizar a Dios no se necesita obediencia, se necesita valor. El valor de un Jesús.

Pero por más que siempre te ponga como ejemplo a Jesús, nadie quiere que te comportes verdaderamente como él, porque la verdad es que nadie quiere que tú tengas valor. Si tú aprendieras a portarte como él, sería imposible humillarte, manipularte y obligarte a hacer lo que los demás quieren. Si tuvieras hacia tu religión la actitud que él tuvo hacia la suya, el Vaticano sería muerto y sepultado.

Si fuéramos verdaderamente capaces de amar, este mundo sería habitado por gente libre y feliz, porque nadie que es capaz de amar sería tan mezquino de perder la dignidad a punto de vender el alma al diablo por dinero, poder, vanidad, avidez o seguridad. Quien es capaz de amar consigue sólo dos posibilidades: libertad o muerte. Un Jesús es capaz de amar, un Sócrates es capaz de amar, un Nelson Mandela o un Martin Luther King son capaces de amar. No lo son, por cierto, los jefes religiosos que, para salvar algo de lo cual son víctimas, han perdido la dignidad de decir la verdad, de expresar sus dudas y ejercer la autonomía de su libertad intelectual, perdiendo el valor de desempeñar de forma cristalina su mandato, que no es político sino espiritual. Pueden ser buenos, no cometer malas acciones, no invertir su dinero en empresas que construyen armas o que dañan el planeta o la humanidad (cosa que, al parecer, ni son capaces de evitar), pero esta “bondad” no es suficiente para que en sus ojos brille aquella chispa divina que deslumbre a los jueces que condenan hasta al más mediocre y anónimo entre los que han preferido morir en lugar de renunciar a los valores en los cuales creían.

Para estar frente a tu amada o amado, completamente abierto, vulnerable y receptivo a los caprichos del divino, se necesita tener valor. El valor de amar. El valor de amar a una María Magdalena, el valor de amar a tus amigos aun si son ladrones y borrachos. Las cumbres del éxtasis son reservadas sólo para los que tienen el valor de arriesgarse a entrar en el territorio del Amor de forma incondicional. Por los demás no hay otra alternativa sino la de una sexualidad animal… a lo mejor de animales domésticos, pero animales.

Para que el hombre pueda tener acceso al honor de guiar a la mujer en las notas del éxtasis y escuchar la música de su estremecimiento orgásmico, tiene que merecerse el premio metiéndose totalmente en juego, sin reservas, sin inseguridades; ofreciendo su pecho vulnerable a los dardos del amor, sin escudos y sin cobardes escapes. Quedándote detenido, presente y receptivo, participando pero sin dejarte arrastrar por el huracán femenino que aúlla y te invade. Es así que un hombre conquista el derecho de alcanzar con su biga de triunfador aquellas puertas que se abrirán de par en par a su llegada, y mojado de lágrimas y de conmoción podrá entrar en el paraíso, ensordecido por las trompetas de los arcángeles en delirio de alegría. Se necesita valor, el valor de amar.

Y la mujer, para transformarse en la tierra fértil donde Dios canta su canción, tocando todas las teclas de aquel cuerpo que la naturaleza quiso como un instrumento perfecto de su orgásmica expresión, debe tener el valor de abrirse completamente, desafiar la vergüenza y el miedo, arriesgarse una vez más a morir y amar a aquel hombre medio bruto y medio niño, para transformarlo en un angelical guerrero, capaz de levantarla con sus alas hasta los picos inalcanzables de su feminidad. Es ahí que una mujer, mutando su legado de madre por el de amante, y transformando su grito de dolor en un ensordecedor alarido de placer, con su corazón crea una y otra vez todo el universo. Se necesita valor, el valor de amar.

 

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