/Una mente que no para

Una mente que no para

Dayal, he leído libros de meditación y he entendido que la mente tiene que volverse silenciosa, pero más intento silenciarla más es un desmadre.

 

Entiendo tu problema, es la dificultad de mucho que empiezan a meditar.

La idea que muchos tienen de la meditación es la de meter la mente en blanco, y dado que la mente se presenta con todos sus variopintos colores uno se siente frustrado. La meditación no consiste en forzar el silencio en la mente, cosa imposible, sino volverte consciente de este ruido sin involucrarte. La consecuencia de este procedimiento es que la mente despacito se vuelve más y más silenciosa. Al contrario, si tratas de gritar “¡silencio!!!” en el medio del gran desmadre de la mente, lo único que obtendrás es aumentar el ruido.

El estado de meditación no depende de tu voluntad, sino es el indirecto resultado de tu paciente y vigile aceptación.

Para no hacer el asunto demasiado serio te contaré una historia que escribí en mi libro “Me Vale Madres”, explicando el uso del mantra “No Es Mi Pedo”, y que a veces también cuento en mis talleres justo cuando los estudiantes se encuentran con tu misma dificultad.

 

Érase una vez, en la India, un güey, que estaba obsesionado con la idea de aprender a hacer milagros. Por eso descargaba su obsesión encima de un pobre maestro que, según él, le podría enseñar este noble arte. Un día el maestro, para quitárselo de encima, le dijo:

—Mira, Ponchito, hacer los milagros es una cosa bastante sencilla: sólo tienes que conocer una maña.

—¿Cuál maña, cuál maña? —preguntó Ponchito, babeando de avidez.

—Para hacer milagros, la única cosa que necesitas es: “No pensar en los monos”.

¿Monos?

Monos.

—¡¿Eso es todo?! —dijo el aprendiz con incredulidad.

—Eso es todo.

—¿¿¿Los monos??? Mira, en esta cabeza ha pasado de todo, pero de monos nunca se vio ni siquiera la sombra.

—Si así es —dijo el maestro, riéndose para sus adentros— no hay problema: felicidades. Regresa a tu casa y empezarás enseguida a hacer milagros.

Ponchito se despidió con lágrimas de gratitud en los ojos y, lleno de esperanzas, se fue hacia su casa.

Sin embargo, mientras caminaba, para su enorme sorpresa, empezó a pensar en los monos. ¡No podía creerlo! Nunca le había ocurrido pensar en monos, y ¡¿justamente ahora, que estaba listo para hacer milagros, se presentaban estos pinches monos?! Entonces intentó sacarlos de su cabeza, pero cuanto más trataba, más monos llegaban. ¡No era posible! Empezó a sacudirse la cabeza, se paró en una fuente para mojarse la cara, se agarró a cachetadas suscitando la lástima de los marchantes… Pero ¡nada! Entre más intentos hacía, más monos llegaban: en grupos, en fila, en formación de diamante, en cuadrados, en triángulos, a horcajadas, caminando al revés, de cabeza, a gatas, sobre una mano, en filas de dos, de cuatros, de seis, en fila india…

Cuando llegó a casa y la esposa lo vio en este evidente estado de agitación, preocupada le preguntó:

—¿Qué pasó, Ponchito? ¿Te chingaron otra vez en el videopóquer?

—No, no… ¡cuál videopóquer!

—¡¿Te chingaron en el mercado?!

—Pero ¡cuál mercado!

—¡¿Se burlaron otra vez de ti en la oficina?!

—No… no…

—¿Olvidaste otra vez el paraguas en el camión?

—No… no… ¡no!

—¡¿Te sentaste otra vez en mierda?!

—¡No! ¡No! ¡¡¡No!!! ¿Quieres callarte o no?

—Y tú, ¿quieres decirme qué pendejada hiciste hoy o no?

—Escúchame bien: no tengo ganas de hablar. ¡Déjame en paz! Ahora me voy a meditar y no quiero que nadie me moleste.

Así que se encerró en su salita de meditación. Se sentó en su cojín dorado, en el cual había bordado la imagen de Ganesh, el dios elefante (que en verdad no estaba muy contento de que se le sentara en la cara), y empezó a meditar con el propósito de no pensar en los monos… y tratando también de no pensar en la esposa. Cerró los ojos y… monos, monos, monos por todas partes: monos que reían… con la esposa; monos que bailaban… con la esposa; monos que cantaban canciones obscenas… con la esposa; monos que jugaban al escondite… con la esposa… ¡¡¡Cosa de volverse loco!!!

Entonces, para calmarse un poco, decidió echarse un baño ritual de purificación.

Y mientras la esposa le preparaba la tina, seguía preguntándole:

—¿Te fregaron al darte el cambio? ¿Te comiste otra vez un chile relleno con todo y palillo? ¿Te cagaste encima? —un par de monos blancos se divertían en quitarle la camisa, los zapatos y los pantalones… hasta cuando finalmente logró sumergirse en el agua caliente.

Para su sorpresa, allí también había monos. Grupos de monos en traje de baño, con máscara y aletas, que nadaban tirando agua por todas partes; monitos chiquitos que hacían castillos de arena. Otros jugaban haciendo bolas de jabón; otros que se restregaban la espalda mutuamente con su esponja, hacían espuma con el champú, se metían acondicionador para la caída del pelo que había pagado al doble de lo que costaba (por favor, no se lo digan a la esposa).

—¡Malditos pinches monos! ¡¿Me quieren dejar en paz?! —empezó a gritar.

Y la esposa, desde fuera:

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Te entró jabón en los ojos? ¿Abriste por equivocación la llave del agua fría? ¿Bebiste el agua sucia? ¿Te lavaste otra vez los dientes con mi crema depiladora?

—¡No, no, noooo! ¡Déjame en paz, por favor!

Ponchito estaba en definitiva a merced de los monos… y de la esposa. Salió del agua con resignación, ayudado por dos elegantísimos monos perfumados con su Agua de Gio de Giorgio Armani, que había comprado en un tianguis a buen precio, sin darse cuenta de que atrás de la caja estaba escrito Made in Tepito (por favor, tampoco esto se lo digan a la esposa)… y mientras un monote totalmente negro le masajeaba la cabeza con los enérgicos movimientos que había aprendido mirando el programa de tele El perro, el mejor amigo del hombre, otro grupito de monos de menores dimensiones, mirándose en el espejo, se peinaban, se rasuraban, se depilaban las piernas unos a los otros, se secaban el pelo con su secadora…

Al final, todo limpiecito y peinadito, regresó sin mucha convicción a su salita de meditación. Lo que vio fue demasiado: monos que brincaban de una parte a la otra, monos que se perseguían, monos colgados en las cortinas que hacían acrobacias al estilo del Cirque du Soleil, monos que se peleaban con sus plumas de pavo real, monos que jugaban al póquer, que fumaban cigarros, monos que cogían, otro que se masturbaba en un rincón… y en su lugar, sentado en la cara del dios elefante, un monote negro, el mismo del masaje de perro, en posición de flor de loto que, con una sonrisa encantadora, lo miraba y rezaba: ¡No Es Mi Pedo! ¡No Es Mi Pedo! ¡No Es Mi Pedo!

 

No puedes pedirle a tu mente que haga lo que tú quieres. No puedes pedirle a tus pensamientos que se detengan. La meditación no funciona a través del conflicto, sino a través de la toma de conciencia.