/UNA MUJER SIN HIJOS

UNA MUJER SIN HIJOS

La idea que una mujer sin hijos es como una minusválida es horrorosamente machista. De hecho no se encuentra la misma idea referida a un hombre, porque desde lo tiempos antiguos se asume que el hombre sirve para muchas cosas, mientras, al contrario, la mujer sirve solo para tener hijos, como cualquier vaca o coneja.
De hecho, tradicionalmente, una mujer que no podía dar hijos al marido, aun cuando la responsabilidad era del marido, se sentía inadecuada, culpable y vivía en el miedo de ser repudiada y abandonada en el mercado de los animales de segunda categoría, como se hace con cualquier hembra estéril. Hoy en día los humanos no son tan primitivos, pero es todavía común, para una pareja sin hijos, sentir posarse ante ellos las miradas ajenas que significan inequivocablemente: pobrecitos.
Que los hombres hayan tratado siempre a las mujeres como seres inferiores, no es una novedad; lo grave es que las mujeres también se han comprado esta idea machista: cuando han cumplido o pasan los 30 años y están solteras, empiezan a sentir irritantes y dolorosas las exhortaciones maternas a arreglarse mejor, o a adelgazar, para encontrar alguien a quien entregarse ensartada en su cándido vestido de novia y gastar un chingo de lana para la fiesta, justo como han hecho todas sus primas; sin hablar de lo insoportable que se vuelven las alusiones de la inmancable tía metiche o de la vecina. Pero, por cuanto evolucionada sea la joven mujer y por cuanto defienda con orgullo su derecho a ser soltera, un pequeño demonio en su interior empieza a susurrar: “eres una solterona, nadie te quiere, tu vientre dentro de ti se esta arideciendo, en unos años será un ramo seco de la sociedad…”. Así, sin ni siquiera darse cuenta, comienza a buscar ansiosamente cualquier macho que la monte, a costa de transformar con su fantasía un cualquier pendejo en un fantástico príncipe azul.
“¿Y el reloj biológico?” me podría objetar un fanático partidario de la maternidad a toda costa. Si, es verdad: alrededor de los 35 años la alarma del famoso “reloj biológico” inicia a timbrar con crecente frenesí, generando inquietud en todas las hembras en la misma situación. La biología llama. Y entonces ¿qué? Nosotros no somos sólo biología; nosotros somos seres humanos y no animales, solo porque tenemos la capacidad de adaptar nuestros impulsos biológicos a las exigencias que imponen la convivencia civilizada y los aspectos mas espirituales de la vida humana. Si todos tuviéramos que seguir la biología, así como se invita a seguir el “reloj biológico”, todos los hombres en cualquier momento y en cualquier lugar brincarían encima de cualquier mujer para montarla, porque así dice la biología; y cualquier mujer ofrecería su vientre, no al hombre más sensible e inteligente, sino al más rico y poderoso, porque la biología, siempre ella, la ha programado para buscar al mejor macho para sus crías; y sí tuviéramos que seguir la pura biología, como cualquier animal tendríamos que intentar someter a los demás animales, hacerlos esclavos, o incluso comérnoslos si fuera necesario.
Lo sé, alguien podría objetar que lo que acabo de describir es justo lo que pasa en todas las sociedades del mundo, y de mi parte afirmo que está es justo la demonstración que la idea del “reloj biológico” es parte de una sociedad animal regulada por la primitiva “ley del más fuerte”.
Todas las veces que las mujeres se me acercan con este asunto les digo: relájate. No eres una hembra… o mejor: lo eres solo en parte, la más pequeña parte. Si una vaca se puede solo realizar dando leche y pariendo becerros, tú, como mujer, te puedes realizar en infinitas diferentes formas. Sin la carga de los hijos, por ejemplo, te puedes dedicar a tornar este mundo más bonito, organizado, pacífico, amoroso, creativo, artístico, compasivo… y si te gustan los niños, ¡fantástico! En lugar de ocuparte de unos pocos hijos en la embrutecida rutina doméstica o en el poco tiempo de una mujer que trabaja, puedes ocuparte de muchísimos niños que constantemente, por culpa de la ignorancia y brutalidad humana, se quedan sin padres.
Si la existencia decidió que tu no tengas hijos, confía; ella sabe mejor que tú. Y además, mira a las mujeres casadas y que tienen hijos: ¿te parece que generen envidia? Claro, cuando la vida te regala un hijo no puedes más imaginarte sin él y, generalmente, nunca te arrepientes de haberlo hecho; pero, si lo piensas bien, no hay nada de especial en hacer un hijo. Todos los animales son capaces de hacer lo mismo. No se necesita ninguna cualidad particular, ninguna inteligencia o sensibilidad; incluso borracho se puede hacer un hijo… y de hecho es lo que a menudo pasa. Al contrario, tener la compasión que se necesita para ocuparse de los demás, desarrollar la creatividad, la inteligencia y la determinación de poner su propia energía en la construcción de un mundo mejor, esto si es algo grande, inaccesible a todos los animales de la granja.
Para un hombre es difícil entender cuán profundo en las vísceras de una mujer muerda la disyuntiva de “maternidad si o maternidad no”, si aprieten mas los dientes de la biología o de la cultura; pero se cuán profundo muerden en el inconsciente de nosotros, pobres humanos, las ideas comunes que se dan por sentadas. Las mismas ideas comunes que han creado y gobiernan este mundo ignorante que todos criticamos.