/34,582 MUERTOS

34,582 MUERTOS

Treinta cuatro mil quinientos ochenta y dos en un año, noventa y cinco cada día, uno cada cuatro horas. Este es el número de las personas que ha sido matadas en México durante el 2019: el número más alto desde el 1997. Lo señalo porque amo este país. Pero no se trata de México. Me duele constatar que la sangre y la violencia parecen ser un siniestro legado de los seres humanos en todas las partes del mundo.

Pero es aquí que vivo; tan envuelto en la dulzura de mi pequeña vida que incluso me olvido que, justo alrededor de mi, un tremendo sufrimiento y agonía envenena el aire que todos respiramos. Y no estoy hablando de la contaminación, sino del hecho que, si más de 34 mil seres humanos han sido matados, es fácil imaginar el número de las personas que han vertido lágrimas de horror: las esposas, los esposos, los huérfanos, los hermanos, los padres, los primos y los amigos de las víctimas. Y estoy hablando sólo de los que han muerto. Si a estos agregamos los que no han llegado a morir, sino que han sido heridos o han quedado incapacitados de por vida, las mujeres y los niños abusados, todos los que sufren violencias continuas y de varios tipos sin que nadie se de cuenta y ¿porqué no contarlos? los que cometen estos crímenes destruyendo sus vidas encerrados en las cárceles, o viviendo constantemente en el miedo y en la culpa o simplemente en la locura, alcanzamos números mayores.

Yo no me rindo. A veces, se los confieso, me siento cansado de ser testigo de tanto dolor, y por esto, de vez en cuando, cierro los ojos fingiendo que todo esto no exista. Pero no dura mucho. Un día… raramente dos: después mi espíritu indómito me sacude y me dice: ¡haz algo, no te rindas! Rodar por la vida sin esperanza no es vivir, sino estar ya muerto. Un muerto viviente, un protagonista, o un extra, de una película de zombis.

No soy un sociólogo, pero no es difícil intuir que el origen de tanta violencia y tanto dolor son la pobreza y la ignorancia. No soy un economista, por lo tanto, no sé verdaderamente como abarcar el tema de la pobreza, aún si seguramente habrá un sistema para desterrarla del planeta. Por lo que se refiera a la ignorancia, al contrario, sé que hacer, porque he peleado toda mi vida contra mi ignorancia. Y por ignorancia no entiendo no saber la fecha de la revolución francesa o la capital de Mongolia o el teorema de Pitágoras, estoy hablando de la consciencia, de la capacidad de mirar en los ojos a un ser humano y no tener miedo a amarlo, de la capacidad de entender la poesía, la música, de tener una mente crítica, una autonomía de juicio, de gozar de la alegría de las pequeñas cosas, de tener una actitud madura hacia el misterio de la vida… y muchas hermosísimas cosas más. En otros términos, ser consciente, o no ignorante, significa desarrollar y encarnar todas las cualidades que nos distinguen de los animales.

Conozco el camino que conduce fuera de la prisión de la ignorancia, porque lo he recorrido, lo estoy recorriendo y desde muchos años guío los buscadores en este viaje. Hay un puente para cruzar: el puente que lleva del egoísmo a la compasión. Y cuidado, no hablo de la compasión como un concepto moral; esto ya lo han hecho todas las religiones por milenios con el resultado de una humanidad más y más enredada en la telaraña del egoísmo y de la violencia. Estoy hablando de la compasión como recurso natural que se manifiesta cuando un ser humano vive, conscientemente, en acuerdo a la propia naturaleza. Estoy hablando de una condición de libertad interior, la misma libertad de la cual hablan todos los místicos cuando nos indican este delicioso espacio más allá de la mente, que en occidente han llamado meditación.

Quién como yo no se rinde, me acompañe; se junte conmigo para usar los recursos que cada uno tiene para conseguir el sueño que alberga en lo más profundo del corazón de cada ser humano: poder mirar en los ojos a sus propios hijos, o a las nuevas generaciones, y decirles: hice todo lo que estaba en mi poder para ofrecerte un mundo mejor de lo que encontré.